jueves, 16 de octubre de 2014

La poesía empieza y termina en el vértice de tu cuerpo

El último adiós de últimos adioses. 
La nota de suicidio por la que suplicabas. 
El cumplimiento de tu deseo "no quiero que estés triste". 
El fin de mi final, la despedida de las musas. 
Y vos estás ahí, con tu belleza galáctica de siempre. 
Ya no sé cómo seguir ignorando que sólo escribo si se trata de tu nombre, 
que la poesía empieza y termina en el vértice de tu cuerpo, 
y yo me despliego en tres ángulos inconclusos que nunca me llevan hasta vos. 
Soy aguda, soy recta, soy obtusa en el vértice cero. 
No soy nada. 

Me mirás con ese ápice de ternura 
por lo que queda de lo que no tuvimos 
pero ya no sé dónde esconder tanta ausencia de vos en este entierro 
e intento gritar que todo lo que trasciende tu piel 
es el comienzo de la mía y te estás yendo, ergo dejo de existir. 
Quiero parar de hacerlo, no contestar a las preguntas:
dónde estás; con quién; en qué esquina; qué bar; qué plaza; qué tal las clases. 
Así puede que deje de ser algo vivo de algún modo ante los ojos de la gente. 
Porque quiero desaparecer de este mundo en el que no te tengo, 
quiero dejar de vivir la vida en la que me faltes 
y en la que no vaya a alejarse de mí la tarde en la que necesite llamarte para contarte mi secreto, 
que te voy a estar echando de menos 
hasta en el lugar más recóndito del universo (quédate)
y que vos vas a seguir tan ajeno. 

Todo lo que te compone y pude acariciar con las yemas de mis dedos deja de pertenecerme 
y no van a ser suficientes mi vida y las de otros mil más
para aprender a convivir con eso. 
Estoy asistiendo al funeral de todas mis células 
cargando sus cuerpos por las calles del lugar que nos vio en nuestra máxima gloria. 
Aún hoy permanezco convencida 
de que no hubo nada más sencillo para vos 
que hacer un atentado con todo lo casto que encontraste en mi cerebro, 
y fue la interrupción de esta ingenuidad mía 
la que dibujó un punto final sobre nuestras cabezas. 
Fuiste la única decisión que pude tomar por mí misma, 
una y un millón de veces 
y todavía hay noches en las que veo tu silueta correr para reprocharme no haberlo hecho un par de veces más, 
como si fueran culpa mía todos los desequilibrios de los que estás hecho, 
como si fuera culpa mía que no te hayas enamorado nunca. 

Me dejé caer quién sabe cuántas veces como una peregrina a tu infierno, 
lo de hacerme ganar era todo una broma, 
como ese cariño tuyo, tan inducido que da risa. 
Dejá de mirarme con ese desconsuelo, 
aniquilá este amor que no sabés sentir, 
que no podés entender, 
que no hace más que devastar a la niña que se agazapa ante tus labios 
porque algún día supo ser fiera. 
Dejá de lastimar, de no saber pedir perdón, 
de no poder sostenerme con tu espalda. 
Te metiste en el otoño contagiándome de tanta tristeza 
que fue capaz de rasparme las rodillas.

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